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Las actividades de los adultos tienden a ser aburridas, tensas y ceremoniales, al menos vistas desde la óptica de un niño. Exactamente eso pensaban y sentían aquellos dos primos que se criaron juntos en las calles empedradas de Almagro y vivían su corta vida como una permanente posibilidad de aventuras. Observaban en los adultos gente oxidada y arrugada que no sabia bien que hacer con el tiempo. Un gran dilema sobre sus propios futuros les carcomía la cabeza.

Un día de lluvia les prohibieron la vereda, acto de censura si los hay. Ellos, de balcón a balcón, se entristecían por la imposibilidad de ser libres en la inmensidad de su cuadra. Todo era aburrido sin el otro compañero, sin la autonomía y, sobre todo, sin poder divertirse con la lluvia y sus consecuencias. Uno de ellos prueba tirando un avioncito de papel, pero la lluvia lo detiene en pleno vuelo. Otro realiza una estructura con latitas de gaseosa vacías, pero el viento le derrumba la diversión. Pareciera no haber salida; el día los encarceló en el tedio. Sin embargo, cuando todo conducía a la nada misma, algo irrumpe el lamento en la desolada calle donde ni autos pasaban.

Es un sonido lejano y todavía extraño, lo suficientemente atractivo como para  abandonar los aviones de papel, las arquitecturas de latas de gaseosa y captar la atención de los muchachos. Metálico y campaneante aquel misterio se impone sobre el silencio de la cuadra. Una bicicleta avanza ligero sobre los adoquines. Quien la maneja es un adulto, usa una boina que ya está mojada y silba una alegre canción mientras toca la campanilla que tiene el manubrio. Recorre las calles  despreocupadamente. Ellos lo observan. No es un chico, piensan. Quién es, se preguntan. El hombre frena el ritmo veraniego y se detiene justo debajo del balcón. Apoya un pie en el piso y toma agua de su cantimplora. La guarda y levanta la cabeza permitiendo que la lluvia le caiga limpia en el rostro. Sus ojos cerrados gozan con alegría evidente. Se pasa la boina por la frente secándose el pelo y se la coloca nuevamente pero al abrir los ojos ve a estos dos jóvenes obnubilados con su presencia. Ellos no saben que es lo que piensa o hace, pero en ese cruce de miradas hay algo más que la simpleza de lo cotidiano, es un momento de transmisión de sabiduría. Aquel gran dilema sobre la adultez y el futuro que a los primos les carcomía la cabeza pareciera obtener una respuesta diferente. El ciclista les guiña el ojo con una sonrisa cómplice y vuelve al pedaleo bajo el agua con su alegre silbido mientras lentamente se pierde en una esquina.

Aquel día lluvioso en Almagro, cuando la cárcel de un balcón no los dejaba jugar, descubrieron el camino que nunca habrían de abandonar y que guiaría su futuro. Hoy, ya adultos, los primos no dejan que pase un solo día sin intentar buscar aquel ideal de goce y libertad que el ciclista les mostró mientras avanzaba bajo la lluvia.